

El Atlético ya está listo de papeles. Lo que era una temporada prometedora se ha quedado en la tradicional lucha por el tercer puesto. Ayer firmó su acta de defunción en la Copa y cerró tres semanas negras que arrancaron con el penalti de Julián Alvarez y culminaron con Lamine Yamal y su colección de virguerías. El chico soltó una primera parte demoledora y luego, contagiado por el resto y medio cojo por un viaje que le metieron al tobillo, se dedicó a resolver lo que le llegaba con una superioridad insultante. El catálogo de toques, recursos, maniobras y chispazos con que fue despachando el trabajo que se le acumulaba dio para un curso de alta escuela. Qué manera de jugar al fútbol. Qué barbaridad.
El Atlético sobrevivió a una primera parte en la que el Barça se quedó corto. El 0-1 supo a poco después de un manejo casi perfecto del tiempo y del espacio.
Se rehizo el Atlético tras el refrigerio y, al menos, compitió. Subió las pulsaciones, abandonó la languidez y un cierto temor a ser goleado y el bonito y flamante Barça de la primera parte se vio exigido y dejó de ser pluscuamperfecto para transformarse en un equipo corriente.
El Atlético aún apeló a la heroica en los minutos finales pero no le sirvió más que para mostrar una cierta vergüenza torera, que nunca viene mal. Se le abre ahora un largo periodo de entreguerras, con un ojo en el Athletic por el tercer puesto y todo el marketing volcado en el Mundial de Clubes, mientras Real Madrid y Barça rebañan todos los platos.
Es una pena que el Barça/equipo de fútbol se vea lastrado por la subversión que envuelve al Barça/club. La institución ya está de nuevo bajo sospecha, con Laporta montando numeritos, defendiendo lo que parece indefendible.
Tanto como eso llama la atención el silencio del resto de los clubes. Es una complicidad poco comprensible ante un rival que parece jugar con las cartas marcadas. Qué extraños amigos hace el fútbol.
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